Egeria, la influencer del siglo IV, que abrió El Bierzo al mundo
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Fuente: Wikipedia
El legado de Egeria. La arquitecta visual del Imperio Romano
Hay nombres que deberían tener relevancia y Egeria es uno de ellos. Viajera, cronista y mujer curiosa cuando viajar no era ni cómodo ni seguro, esta hispanorromana del siglo IV firmó, sin saberlo, el primer gran relato de viajes escrito por una autora de nuestra tierra. Y lo hizo cruzando la mitad del medio mundo conocido, fe y una capacidad de observación que hoy nos sigue fascinando cuando empezamos a investigar sobre ella y la relevancia que ha llegado a tener.
Egeria nació en la antigua provincia romana de Gallaecia, en algún punto impreciso del noroeste peninsular. La historia no nos permite afinar más: las primeras páginas de su relato se perdieron. Aun así, las pistas son claras. Era una mujer culta, cristiana, con acceso a educación y recursos, algo excepcional en su tiempo. Probablemente pertenecía a una familia acomodada, quizá relacionada con élites locales de zonas como Astorga y El Bierzo, que hoy reivindica su figura con razón.
No era monja ni religiosa estricta. La tradición la presenta como una laica devota, con una red de contactos amplia y una curiosidad intelectual poco común. Leía la Biblia, escribía en latín tardío y tenía algo que hoy reconoceríamos enseguida: ganas de ver mundo y contarlo.
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El Itinerarium Egeriae. Tres años y miles de kilómetros en el siglo IV
Entre los años 381 y 384, Egeria salió de Gallaecia y atravesó el sur de la Galia, el norte de Italia, cruzó el Adriático y llegó a Constantinopla. Desde allí puso rumbo a Jerusalén, epicentro espiritual de su aventura.
Pero su viaje no finalizó allí. Desde Jerusalén recorrió Belén, Jericó, Nazaret, Cafarnaúm, el monte Tabor, el mar de Galilea y regiones enteras de Samaria y Galilea. Más tarde siguió hacia Egipto, Alejandría, Tebas, el mar Rojo y el monte Sinaí, y continuó por Siria, Mesopotamia y la zona del Éufrates. Todo ello apoyándose en la red de calzadas romanas, auténtica columna vertebral del Imperio… y de su viaje.
Hablamos de una ruta compleja, larga y físicamente exigente. Egeria se movía con escoltas y guías, hablaba con obispos, monjes y autoridades locales, y observaba todo con atención minuciosa.
De aquel periplo nace el Itinerarium Egeriae o Peregrinatio Aetheriae, un conjunto de cartas dirigidas a un grupo de “hermanas”, amigas o compañeras espirituales a las que Egeria narra su experiencia. Sin embargo, su diario de viajes estuvo perdido durante 1.500 años. No se descubrió hasta 1884, cuando un historiador italiano llamado Gian Francesco Gamurrini encontró un códice de pergamino en una biblioteca en Arezzo (Toscana). Ese manuscrito, llamado el Codex Aretinus, es lo único que nos permite conocer su voz. Sin ese golpe de suerte, la primera gran escritora de la península sería un fantasma.
El texto que conservamos es fragmentario, pero riquísimo. Describe caminos, paisajes, celebraciones litúrgicas, rituales y escenas cotidianas de la Tierra Santa del siglo IV. Egeria no solo escribía sobre sentimientos; era una documentalista técnica. Fue la primera persona en describir con precisión la Liturgia de Jerusalén. Gracias a ella, los historiadores actuales saben exactamente cómo se celebraba la Semana Santa o el Bautismo en el siglo IV. Incluso describe la arquitectura de iglesias que ya no existen, como la forma original de la Iglesia del Santo Sepulcro antes de ser destruida y reconstruida. Fue la "arquitecta visual" de una época de la que casi no hay fotos ni dibujos.
Además, su latín es una joya para lingüistas: un latín tardío vivo, en transición, con giros que anticipan el nacimiento de las lenguas romances.
Una figura clave y símbolo de apertura al mundo
Egeria no solo fue la primera escritora de viajes hispana conservada en latín. Fue, en muchos sentidos, la primera viajera moderna: viaja sola (aunque acompañada), dialoga de tú a tú con figuras religiosas, cruza tres continentes y convierte su experiencia personal en memoria colectiva. Por este motivo, no es casual que hoy se la considere una figura clave para entender el papel de las mujeres en la construcción cultural europea.
Se dice que Egeria pudo haber formado parte de la aristocracia vinculada al emperador Teodosio el Grande, que curiosamente también tenía raíces en la zona del noroeste peninsular. Esto explicaría por qué contaba con escoltas militares en algunas de las fronteras más peligrosas del Imperio Romano. Era una mujer con contactos, poder y, sobre todo, una determinación de hierro: no cualquiera recibía protección del ejército del Imperio. Y aunque no hay certeza documental sobre su origen exacto, la tradición y varios indicios sitúan su cuna en esta zona. Egeria era, básicamente, una berciana con contactos en la cumbre del poder mundial.
Que Egeria partiera de la antigua Gallaecia no es un detalle menor. El Bierzo encuentra en ella un símbolo temprano de movilidad, apertura y conexión con el mundo antes de que existiera el concepto de turismo. Y por eso, nos gusta.
El interés actual por su figura, en estudios, exposiciones y divulgación, no es nostalgia académica. Es una forma de recordar que viajar, observar y narrar también es construir territorio. Egeria lo hizo hace 1.600 años. Y todavía nos marca el camino.
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